Morir en mans de Déu

Morir en mans de Déu

Alícia Guidonet. (Publicado en el blog de Cristianisme i JustíciaLa colección “Estudios” del Centre d’Estudis Cristianisme i Justícia (CJ) edita el libro Morir en manos de Dios. La muerte en las diferentes creencias y tradiciones religiosas. Este trabajo es el resultado de las ponencias que se llevaron a cabo en el seminario y posterior jornada que el curso pasado organizó la Fundación Migra Studium con CJ. En las sesiones participaron representantes de diversas creencias y tradiciones religiosas comprometidos en el ámbito del diálogo intercultural e interreligioso. Exponemos a continuación algunos de los puntos desarrollados en el trabajo que hemos realizado.

De la muerte al morir

Abordar el tema de la muerte en una sociedad que la evita, acaba siendo una propuesta, cuando menos, arriesgada. Y ello, por varios motivos. Interrogarnos sobre alguno de los temas que, como seres humanos, nos hacemos en algún momento de nuestra existencia, no genera, en principio, dificultad alguna. Abrir el interrogante y sostenerlo, esto es, detenernos en él y profundizarlo, empieza a ser tarea difícil. Vivimos en un contexto que favorece el paso por la superficie de las cosas, de tal modo que, si tuviésemos que ponerle algún signo de puntuación a nuestra forma de vivir, probablemente escogeríamos la exclamación. Admirados y -frugalmente- contentos, pasamos por las cosas, las relaciones, las situaciones… evitando todo aquello que nos pueda recordar nuestra manifiesta vulnerabilidad. Está claro que, cuando alguna situación vital nos obliga a quitarnos la máscara, nace entonces la oportunidad, no sólo de abrir interrogantes, sino de sostenerlos.

En más de una ocasión estas situaciones nos dan cuenta de que la muerte supone un fin, anunciado a lo largo de toda nuestra trayectoria vital. Uno, muy específico, pero uno más entre otros muchos puntos y finales. Y es que, no hay lugar para hablar de la muerte si no lo hacemos contemplando la vida como un espacio repleto de muertes. Morimos. Morimos constantemente a todo aquello que nos deja o que dejamos: una persona, una relación, un lugar, una situación… Y tenemos experiencia de este proceso desde nuestra condición humana, construida a partir de diferentes dimensiones en relación: biológica, social, cultural, psicológica, espiritual… Precisamente, las dimensiones espiritual y religiosa y sociocultural e histórica adquirieron relieve en el seminario y la jornada. La propuesta fue trabajar el morir tomando como punto de partida diferentes aproximaciones vitales. Las diversas experiencias espirituales y religiosas, contextualizadas en nuestro entorno más inmediato, podrían darnos claves para continuar sosteniendo interrogantes…

…en manos de Dios

Pedro Arrupe, en su renuncia como General de la Compañía de Jesús, explicaba que se sentía “más que nunca”, “en las manos de Dios”. Aseguraba que “saberme y sentirme totalmente en sus manos es una profunda experiencia”. Afirmaba que “hoy toda la iniciativa la tiene el Señor”. Recuperar la honda situación existencial por la que pasa Arrupe nos ayuda a conectar con la propuesta inicial de la formación, que trataba del morir… “en manos de Dios”. En sus manos, por lo tanto. Proponerlo de este modo, nos permitía acercarnos al tema desde la perspectiva común que teje el sentido de la vida tomando como punto de partida la confianza. Desde quienes la depositan en alguna entidad suprema o divinidad, pero sin perder de vista a los que únicamente reconocen la inmanencia como espacio en el que se gesta, desarrolla y finaliza la vida.

Depositar nuestras vidas –y por tanto el morir- en manos de Dios, supone un acto de confianza.Dejarnos tocar por un tacto que es gesto de acogida permitirá narrarnos, revelar(nos), elaborar un contenido a partir de lo que somos y de lo que nos acontece, ir completando nuestra vida dándole forma, enraizándola en “algo” con suficiente sustrato como para continuar viviendo –y muriendo- pacificados, muy a pesar de los vaivenes de la existencia… Y ahí encontramos el vínculo con la comunidad. Porque vivir y morir en manos de Dios también supone hacerlo en manos de los demás. Descubrir la acogida de la comunidad en el vivir y el morir puede encauzar o reforzar la experiencia transcendente. Y ésta, conduce inevitablemente al grupo… Los procesos de muerte están codificados culturalmente y estas declinaciones tienen mucho que ver con la experiencia fundante, con la intuición central, que, en el caso que nos ocupa, es mayormente religiosa. La codificación se pone en juego en el terreno de la vida cotidiana, pero conduce siempre al centro del que nace. De ahí que el ritual, la celebración, el modo de gestionar el duelo… no sean aspectos banales, pues mucho tienen que ver con experiencias fundantes. Por otro lado, es ahí donde éstas se comparten y donde se evidencia, mediante el universo simbólico, aquel acto de confianza que nos permite morir creativamente.

La diversidad como regalo

La poetisa Denise Levertov, en su poema “A Gift”, nos ayuda a entrar en el ámbito de la diversidad. Su experiencia es que todas esas preguntas que nos hacemos y que no obtienen respuestas fáciles, inmediatas, encuentran un espacio de respiro cuando somos capaces de acoger, como un regalo, los interrogantes de los demás. Y así, de este modo, sin dejar de sostener nuestras propias preguntas, podemos abrir la puerta a las que son elaboradas desde otros imaginarios, desde otras prácticas. Interrogarse sobre la vida y el morir en clave de diversidad cultural y religiosa provoca, inevitablemente, un cruce de preguntas. Estas cuestiones permiten delimitar espacios comunes y extraños, aunque, como veremos, no por ello despreciables.

Ante la diversidad nos movemos siempre entre el polo de los universales y el polo de las particularidades. Los aspectos comunes tienen mucho que ver con las preguntas fundamentales: la cuestión sobre la fragilidad, la vulnerabilidad, el duelo, la muerte y su gestión… Interrogantes que, como decíamos, se declinan a partir de intuiciones diversas, materializándose en prácticas diferentes. Aunque, en ocasiones, aparece ante nosotros la evidencia de algunas similitudes en este terreno. Esto ocurre cuando, por ejemplo, descubrimos la importancia de la despedida comunitaria, en la que intervienen los símbolos, la ayuda -también comunitaria- durante el tiempo del duelo, el espacio de reposo que requiere el cadáver antes de gestionar la despedida, o el cuidado del difunto. En todo caso, son gestos bellos, que conectan con la ética, con el actuar que humaniza. Y también son bellos en el sentido transcendente del término. Nos humanizamos, en definitiva, porque somos capaces de transcender(nos).

Diálogo… y conflicto

El diálogo intercultural e interreligioso nos da pistas para aproximarnos al otro. Nos podríamos preguntar, por ejemplo, qué aporta al conjunto de la sociedad la experiencia diversa de vulnerabilidad o del morir, esto es, qué acentos introduce en un contexto como el nuestro, fuertemente secularizado. Vale la pena insistir en algunos factores ya apuntados, como la gestión comunitaria del dolor o la humanización del proceso. Por otro lado, la práctica religiosa facilita la conexión con la capacidad simbólica innata a todo ser humano, y, en definitiva, crea un puente que posibilita la apertura a la dimensión transcendente. Más específicamente, y entre religiones, aproximarse a la diversidad puede ayudar, no sólo a conectar con el universo del otro, sino también a consolidar el propio. Por ejemplo, incinerar o enterrar a una persona es una decisión de importancia por su relación con experiencias centrales para cada tradición y que conectan con la escatología (reencarnación o resurrección).

¿Y qué ocurre cuando aparece el inevitable conflicto? Un interrogante más a sostener… En todo caso, tema espinoso -sobre todo ante una temática tan sensible como la del dolor-, pero también esperanzador. Si nos detenemos en el nivel de la interacción social, no podemos obviar la necesaria puesta en juego de algunas habilidades, como las comunicativas, y tampoco valores, como el del respeto (recordemos que la etimología de la palabra nos enseña que respetar es “volver a mirar”). Si sumamos estos ingredientes y las dos partes en conflicto los han experimentado, estaremos a punto para crear nuevos espacios. Lugares, físicos y mentales, en los que la convivencia se haga efectiva.

Abrir, sostener, acoger

El libro que presentamos se ha elaborado procurando abrir algunos de estos interrogantes, pretendiendo también sostenerlos en el tiempo. Y todo ello, sin perder de vista el deseo de acoger las cuestiones de aquellos que consideramos “otros”. Acciones, en definitiva, que muchos de nosotros intentamos llevar a cabo diariamente, en nuestros trabajos u ocupaciones. Esta obra nos permitirá reflexionar sobre todo ello…

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